Viernes 30 de octubre de 2026
¡Buenos días! Comenzamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy proponemos comenzar con la siguiente dinámica de interioridad… Invitamos a que, quien la dirija, vaya dando las instrucciones muy despacio, dejando pequeños silencios…
Mientras la hacemos,
podemos poner música tranquila de fondo…
Nos sentamos cómodamente en la silla, apoyamos
bien los pies en el suelo y dejamos las manos tranquilas sobre las piernas.
Vamos a buscar una postura en la que estemos a gusto, con la espalda recta,
pero sin ponernos rígidos. Antes de cerrar los ojos, mira un momento a tu
alrededor. Observa a tus compañeros, las mesas, la luz que entra por la
ventana… Ahora cierra suavemente los ojos y siente cómo estás sentado. Nota tus
pies apoyados en el suelo y tus manos descansando sobre las piernas. Vamos a
relajar un poquito el cuerpo. Suelta los hombros… deja descansar la cara…
afloja las manos. No hace falta hacer nada especial. Solo estar aquí,
tranquilo, regalándote unos momentos para ti.
Ahora coge aire suavemente por la nariz y,
mientras entra, nota cómo tu espalda se va estirando poco a poco. Al soltar el
aire por la boca, deja que los hombros se relajen. Otra vez… entra el aire y
crecemos un poquito hacia arriba… sale el aire y seguimos tranquilos.
(Silencio.)
Ahora vamos a imaginar algo especial. Imagina
que, desde la parte más alta de tu cabeza, sale un hilo muy fino y luminoso que
sube hacia el cielo. Ese hilo tira de ti con mucha suavidad, como si te ayudara
a crecer hacia arriba. Tu espalda se alarga, tu cuello se estira y tu cabeza
mira hacia el cielo. No tienes que hacer fuerza. Solo dejar que tu cuerpo
encuentre una postura cómoda, alta y tranquila. Quédate unos segundos sintiendo
esa postura. Tus pies siguen bien apoyados en el suelo, tus hombros están
relajados y tu cabeza se eleva suavemente. (Silencio.)
Ahora imagina que Jesús está cerca de ti y te
mira con cariño. Él te conoce tal como eres: sabe lo que se te da bien, lo que
te cuesta y las cosas que te preocupan. No tienes que ser perfecto ni hacerlo
todo bien. Puedes crecer cada día, aprender de tus errores y volver a
intentarlo. Te invito a decirle por dentro: Jesús, ayúdame a crecer y a dar
lo mejor de mí. La repetimos una vez
más, despacio, desde el corazón: Jesús, ayúdame a crecer y a dar lo mejor de mí.
(Silencio.)
Vuelve a sentir los pies en el suelo y las manos
sobre las piernas. Mueve suavemente los dedos, relaja los hombros y deja que tu
cuerpo vuelva a su postura habitual. Haz una respiración tranquila y, cuando
quieras, abre los ojos.
Hacemos esta pequeña oración. Podemos leerla juntos o repetir las frases después de que las lea el profesor.
Jesús, gracias por estar a nuestro lado.
Ayúdanos a crecer por dentro y por fuera,
a confiar en nosotros mismos,
a esforzarnos cuando algo nos cuesta
y a tratar a los demás con cariño.
Que cada día podamos ser mejores personas.
Amén.
El domingo, celebramos la fiesta de Todos los Santos. En esta fiesta recordamos a todas las personas que, desde el comienzo del mundo hasta hoy, han vivido con amor y cariño para todos, esforzándose por hacer felices a los demás. Esos son los amigos de Dios. Y le damos gracias a Dios en este día por todo el bien que a través de ellos hemos recibido.
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